¿Conciliación para quién?

A los políticos se les llena la boca con eso de la conciliación entre la vida personal, familiar y laboral. La racionalización de horarios y la gestión óptima del trabajo efectivo. Algunos de nuestros gobernantes se han lanzado incluso a alabar repetidamente las múltiples bondades que supondría adaptarnos al meridiano de Greenwich para ser como Inglaterra y Portugal. Allí, donde se come a las doce, a media tarde se cena y a las nueve, mientras nosotros nos disponemos a tomar la cerveza del post, ellos ya se acuestan. Conciliación por aquí y conciliación por allá. Aliñada toda ella con una pizca de feminismo y bañada en un intento de deconstruida corresponsabilidad. Inclusive el PSOE, entre sus muchas propuestas al respecto de las eternizadas jornadas, apunta en su programa que «lo peor es que trabajamos mucho, pero no somos productivos». ¡Y cuánta razón tienen! De verdad. Y sino que se lo digan a los del ‘(des) Acord Botànic2os’. Esos férreos defensores de la armonía vital del trabajar para vivir y no del vivir para trabajar, que hasta pasadas las 22.20 horas del domingo -día, por cierto, del descanso universal- no fueron capaces de confirmar la formación del Consell. Lo hicieron, como empieza a ser costumbre por esos lares de la nueva andadura, en escrupuloso prime time. ¿Conciliación para quién? Pues digo yo que será para aquellos a los que les da exactamente igual quién ostente una cartera o la otra. Para los que les importe más bien poco si son tres, dos o uno los que se pelean por un sillón, una denominación institucional o por un titular en la prensa regional. Pero, desde luego, que ni para los periodistas y ejercientes de la comunicación, ni para los numerosos asesores, trabajadores y demás infinidad de cargos de confianza que ahora parecen estar siempre serviles a su disposición. Y hasta que a ellos les plazca. Una media de ocho horas recomienda la OMS dormir al día, incluso nueve en el caso de encontrarse en avanzada edad, pero el «viejoven» gobierno valenciano parece haberse empeñado en aniquilar, no sólo nuestra paciencia e irrisoria vida social, sino también nuestra debilucha salud y bienestar.