Cáncer, siempre cáncer

Existen pocos términos que asusten tanto como la palabra cáncer, aunque yo ya haya aprendido, un poco, a convivir con ella. Quizá lleve a mi lado -sin estar físicamente en mí- casi dos décadas. Hemos tenido nuestras idas y venidas pero, sinceramente, me ha puesto la soga al cuello en demasiadas ocasiones. Apareció pronto. Tan temprano que ni tan siquiera era capaz de comprender su envergadura. Se llamó leucemia y abarrotó de tristeza nuestra aula del colegio.

La maldita palabra volvió poco tiempo después y lo hizo para adentrarse en casa. Empañó de sangre el sofá tras una operación de útero. Jamás olvidaré esa imagen. Y ahí me enseñó que la vida -y la familia- siempre es mucho más fuerte que la muerte. Regresaría, de nuevo, durante la adolescencia en otro formato y en otra persona: cáncer de mama. Y dolió mucho. Tanto que resulta inexplicable, porque para aquel entonces, lamentablemente, ya era consciente de que los tumores, algunas veces, también matan. Amputaron un trozo de aquel pecho. Radioterapia. Se curó. En realidad, la curaron. Pero reapareció tres años más tarde. Y el médico nos «consoló» con una sentencia tan cruel como imborrable: «Una vez cáncer, siempre cáncer». Sigo sin creerle. Le quitaron el pecho entero. Ganglios. Quimio. Más quimio. Otra más. Y reconstrucción para tratar de volver a la normalidad. Aunque la calma, por mucho que digan, ya nunca tornará. Mientras tanto esa maldita lacra se había llevado rápido, muy rápido, mi apellido al extenderse de forma invasiva por la cavidad bucal. Y mientras uno de mama retrocedía se presentó otro más del mismo tipo, pero distinto grado. Ahora, en mi siempre amiga.

Tengo la suerte de poder defender hasta la fecha un cuatro a uno en estas líneas. Y en esta lucha contra los eufemismos. Ni largas enfermedades ni batallas. Ni vencedores ni vencidos. Asumamos que el cáncer sólo se gana con investigación, inversión y sanidad. Mucha y buena sanidad.

Este jueves me dan un premio: el de entregar el galardón Valencianos para el Siglo XXI a María Blasco, una de las tantísimas profesionales que se dejan la piel a diario por salvarnos a todos la vida.